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Las huellas invisibles del trauma: del cuerpo a la conciencia

13 de septiembre, 2026

como el trauma afecta al sistema nervioso y la salud

¿Dónde queda una experiencia cuando ya ha terminado?

Hay experiencias que terminaron y, sin embargo, de alguna manera, continúan acompañándonos.

El acontecimiento pasó. El peligro ya no está. La persona creció, cambió de casa, de ciudad, de relaciones. Quizá incluso olvidó partes de lo sucedido, y, aun así, algo permanece.

Durante mucho tiempo hemos intentado responder a esta pregunta fragmentando al ser humano.

La neurología estudiando al cerebro.
La endocrinología a las hormonas.
La inmunología a las defensas.
La psicología y psiquiatría a la mente.
La filosofía y las tradiciones contemplativas a la conciencia, y así un largo etc.

Pero el cuerpo nunca conoció esas fronteras porque aquello que llamamos ser humano ocurre simultáneamente en todos esos niveles, y comprender el trauma exige precisamente volver a unirlos.

El trauma no es solamente lo que ocurrió

Dos personas pueden atravesar acontecimientos aparentemente similares y desarrollar respuestas completamente diferentes. Una puede recuperarse con el tiempo y la otra puede quedar atrapada durante años en patrones de amenaza, evitación, hiperactivación o desconexión y la respuesta hacia una u otra dirección depende de diversos factores tanto individuales como colectivos.

En este contexto no debemos olvidar que el acontecimiento y el trauma no son exactamente lo mismo. El trauma se define y clasifica por el resultado que dicha experiencia ha tenido en la persona, no por la experiencia en sí misma.

La investigación contemporánea sobre estrés postraumático muestra alteraciones en sistemas relacionados con el aprendizaje de amenaza, la memoria, la contextualización, la regulación emocional y la respuesta fisiológica al estrés. Entre las estructuras y circuitos más estudiados aparecen la amígdala, el hipocampo y distintas regiones de la corteza prefrontal, aunque la realidad es considerablemente más compleja que el conocido esquema de una “amígdala hiperactiva” controlada insuficientemente por una corteza prefrontal.

El cerebro aprende constantemente a predecir el mundo:

¿Qué es seguro?

¿Qué es peligroso?

¿De quién puedo fiarme?

¿Qué señales anuncian que algo malo está a punto de ocurrir?

Cuando una experiencia sobrepasa nuestra capacidad de respuesta, esas predicciones pueden cambiar, y aquello que en un momento determinado pudo ser neutral o incluso agradable para nosotros pasa a ser una auténtica amenaza, lo que nos lleva a desarrollar una elaborada estrategia de supervivencia que puede seguir funcionando mucho después de que haya desaparecido el peligro.

Desde esta perspectiva, muchas manifestaciones traumáticas dejan de parecer absurdas, incomprensibles o desmesuradas.

La hipervigilancia tuvo una función.

La inmovilización tuvo una función.

La desconexión tuvo una función.

La necesidad de anticiparlo todo tuvo una función.

El problema no es que el organismo aprendiera a sobrevivir, de hecho lo hizo súper bien, de una manera muy acertada. El problema aparece cuando continúa sobreviviendo en un presente que ya no contiene aquel peligro, impidiendo que podamos disfrutar de nuestro presente.

El trauma como lo «inenarrable»

La memoria no funciona como una cámara fotográfica que registra fielmente lo sucedido. Es un proceso dinámico y reconstructivo: cada vez que recordamos, reconstruimos el pasado desde el organismo y el contexto del presente. Y esa memoria no solo participa en nuestra relación con aquello que ocurrió, sino también en cómo nos proyectamos hacia el futuro y en la construcción de nuestra identidad.

Esto adquiere especial relevancia cuando hablamos de trauma.

Desde una perspectiva narrativa, una de las particularidades de la experiencia traumática es que no todo lo vivido tiene por qué quedar organizado en forma de una historia consciente, coherente y fácilmente expresable mediante palabras. Podemos recordar determinados acontecimientos y, al mismo tiempo, conservar otros aspectos de la experiencia de una manera mucho menos accesible a la conciencia.

Para comprenderlo es útil distinguir, de manera simplificada, entre memoria explícita e implícita.

La memoria explícita o declarativa nos permite recuperar conscientemente información y experiencias. Incluye la memoria episódica, relacionada con acontecimientos autobiográficos —qué ocurrió, dónde, cuándo, con quién—, y la memoria semántica, relacionada con hechos, conceptos y conocimientos.

La memoria implícita, en cambio, puede influir en nuestra experiencia y en nuestra conducta sin necesidad de aparecer como un recuerdo narrativo consciente, e incluye los aprendizajes emocionales y procedimentales. Gracias a ella podemos aprender y automatizar respuestas sin tener que recurrir continuamente al pensamiento consciente, como por ejemplo, montar en bici.

Y aquí aparece una cuestión especialmente interesante en el trauma: podemos haber aprendido a responder o a movernos por el mundo de una manera dada sin poder contar exactamente qué aprendimos ni por qué, ya que queda englobado del inconsciente.

Determinados patrones de respuesta aprendidos pueden persistir y manifestarse en la atención, la percepción de amenaza, las respuestas autonómicas, la conducta defensiva o la interocepción —la percepción de nuestro propio estado corporal—. Una persona puede experimentar tensión, retirada, hipervigilancia, bloqueo o una intensa sensación de peligro ante determinadas señales sin que necesariamente aparezca, junto a ellas, un recuerdo autobiográfico claro que explique esa reacción.

Por eso, hablar del trauma como «lo inenarrable» no significa necesariamente que la persona no recuerde lo sucedido, sino que una parte de lo aprendido por el organismo puede no existir en forma de palabras. Además, la propia experiencia en sí, ejerce efectos deletéreos en los distintos tipos de memorias.

Esta dificultad para integrar determinados aspectos de la experiencia en una narrativa autobiográfica coherente puede influir también en la manera en que construimos nuestra propia historia: quién soy yo, quiénes son los demás y qué puedo esperar del mundo.

Y esto cambia nuestra manera de mirar el síntoma.

Porque quizá algunas respuestas que hoy parecen desproporcionadas cobran sentido cuando comprendemos la historia de aprendizaje que existe detrás de ellas. Tal vez sean predicciones antiguas, tremendamente sofisticadas, aplicadas a un mundo nuevo: respuestas construidas en otro contexto que el organismo continúa desplegando ante señales que reconoce como relevantes.

Desde esta perspectiva, el trabajo con el trauma no consiste únicamente en recordar o contar lo sucedido. También implica trabajar con aquello que no podemos difícil de nombrar: sensaciones corporales, impulsos defensivos, emociones, patrones relacionales y respuestas autonómicas. De ahí el interés de abordajes orientados a la experiencia somática o corporal como Somatic Experiencing (SE), del que hablaré en otro post.

Trauma y huellas corporales

El trauma también ocurre debajo de la cabeza

Cuando hablamos de trauma solemos dirigir la mirada hacia el cerebro y el sistema nervioso autónomo, una subdivisión del sistema nervioso periférico. Sin embargo, el sistema nervioso no funciona aislado: estructuras centrales y periféricas mantienen una comunicación bidireccional constante con el resto del organismo.

Aquí resulta especialmente interesante la psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), campo interdisciplinar que estudia las interacciones entre los procesos psicológicos y los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario y cómo estas relaciones participan en la regulación del organismo, la adaptación al estrés y los procesos de salud y enfermedad.

Un ejemplo es el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), implicado en la respuesta al estrés mediante hormonas como el cortisol. La investigación en TEPT ha encontrado alteraciones en su regulación, aunque los resultados son complejos y variables. [3]

La biología del trauma parece hablar menos de un organismo permanentemente acelerado y más de cambios en sus mecanismos de regulación y adaptación.

Cuando la experiencia conversa con el sistema inmunitario

También se han encontrado asociaciones entre TEPT y mayores concentraciones de determinados marcadores inflamatorios, aunque existe una importante heterogeneidad entre estudios. [4]

Estos hallazgos nos recuerdan lo que ya veníamos hablando: la experiencia psicológica puede tener correlatos fisiológicos en diferentes sistemas del organismo.

La división entre «mente» y «cuerpo» se vuelve entonces mucho menos evidente. Nuestra experiencia emerge de la interacción continua entre los sistemas que nos componen.

El corazón también participa en la historia

Otra ventana hacia esta regulación es la variabilidad de la frecuencia cardiaca (VFC), es decir, las variaciones en el tiempo entre latidos consecutivos. Una mayor variabilidad entre latidos, dentro del contexto de cada persona, suele relacionarse mejor regulación autonómica, mayor capacidad de recuperación tras el estrés y mejor salud cardiovascular. La investigación ha encontrado una asociación entre TEPT y una disminución de la VFC relacionada con la modulación vagal. [5,6]

Esto no convierte la VFC en un «medidor de trauma» ni permite diagnosticarlo mediante un reloj inteligente. Pero vuelve a mostrarnos que la experiencia y la fisiología no pertenecen a mundos separados.

PNIE
Relación sistema nervioso, endocrino inmunológico y psique

Plasticidad: aprender seguridad

Y si el sistema nervioso puede aprender peligro, también puede aprender seguridad, y menos mal.

La neuroplasticidad no significa que todo pueda revertirse ni que baste con pensar positivamente. Significa que nuestro sistema nervioso conserva la capacidad de modificarse a través de nuevas experiencias.

Una relación segura, ser escuchado, descansar, moverse, atravesar una emoción sin quedar desbordado o poner un límite y comprobar que seguimos a salvo son también experiencias que proporcionan nueva información al organismo, nuevas posibilidades aún no exploradas que pueden suponer cambios significativos en nosotros.

Quizá parte de la recuperación consista precisamente en eso: experimentar suficientes experiencias nuevas para que antiguas predicciones puedan ir actualizándose.

No decirle al cuerpo:

«Estás seguro».

Sino permitirle experimentar, repetidamente:

«Ahora puedo estarlo».

Actualizar el presente

Volviendo a la pregunta inicial: ¿dónde queda una experiencia cuando ya ha terminado?

Hoy podemos decir que no queda en un único lugar.

Queda en las asociaciones que aprendimos, en las predicciones, en las respuestas de nuestro sistema nervioso autónomo, en nuestra manera de vincularnos, en cómo interpretamos una mirada o en aquello que esperamos de los demás o del mundo.

La experiencia termina pero su huella puede permanecer.

Sin embargo hay algo profundamente esperanzador en todo esto: somos sistemas vivos, abiertos y dinámicos. Y precisamente por ello, la historia no tiene por qué convertirse en destino.

Sanar no consiste en borrar lo sucedido ni tampoco en regresar a la persona que éramos antes, de hecho, esto último es imposible: cada experiencia, cada vínculo, cada pérdida, cada aprendizaje, incluso cada respiración nos transforma.

Sanar pasa por permitir que nuestro organismo integre y reorganice una información que en su momento fue demasiado, para que después, una vez renegociada dicha experiencia, pueda volver a sentir calma y seguridad.

El presente no tiene por qué obedecer eternamente a las reglas que aprendimos en el pasado. Podemos sentir sin desbordarnos. Acercarnos sin perdernos. Poner límites sin dejar de pertenecer. Descansar sin tener que permanecer alerta. Habitar nuestro cuerpo sin necesitar escapar de él.

Sanar no sería entonces eliminar nuestra historia, sino ampliar las posibilidades desde las que podemos vivirla. Recuperar las riendas de nuestra propia vida sin que el fantasma del trauma se entrometa a cada paso, volviendo a habitar la paz y bienestar que nuestra esencia tanto anhelaba.

Y quizá ahí resida una de las capacidades más extraordinarias de la naturaleza humana:

transformar la manera en que lo vivido continúa influyendo en nosotros, favoreciendo procesos de adaptación y resiliencia y, en algunas personas, incluso cambios positivos descritos como crecimiento postraumático.

crecimiento postraumático
desarrollo humano

 

 

Bibliografía

  1. Ressler KJ, Berretta S, Bolshakov VY, Rosso IM, Meloni EG, Rauch SL, et al. Post-traumatic stress disorder: clinical and translational neuroscience from cells to circuits. Nat Rev Neurol. 2022;18(5):273-288. doi:10.1038/s41582-022-00635-8.
  2. Hinojosa CA, George GC, Ben-Zion Z. Neuroimaging of posttraumatic stress disorder in adults and youth: progress over the last decade on three leading questions of the field. Mol Psychiatry. 2024;29:3223-3244. doi:10.1038/s41380-024-02558-w.
  3. Schumacher S, Niemeyer H, Engel S, Cwik JC, Laufer S, Klusmann H, et al. HPA axis regulation in posttraumatic stress disorder: a meta-analysis focusing on potential moderators. Neurosci Biobehav Rev. 2019;100:35-57. doi:10.1016/j.neubiorev.2019.02.005.
  4. Yang JJ, Jiang W. Immune biomarkers alterations in post-traumatic stress disorder: a systematic review and meta-analysis. J Affect Disord. 2020;268:39-46. doi:10.1016/j.jad.2020.02.044.
  5. Tucker RC, Taylor PJ, Robinson SJ. A multi-level meta-analysis of vagally-mediated heart rate variability and post-traumatic stress disorder. Neurosci Biobehav Rev. 2026;184:106585. doi:10.1016/j.neubiorev.2026.106585.
  6. Schneider M, Schwerdtfeger A. Autonomic dysfunction in posttraumatic stress disorder indexed by heart rate variability: a meta-analysis. Psychol Med. 2020;50(12):1937-1948. doi:10.1017/S003329172000207X.
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